Un cliente moroso no es lo mismo que un cliente que se olvidó. Acá ya hubo varios contactos sin respuesta, o respuestas que no se cumplieron. El mensaje para esta etapa tiene que ser claro, firme y dejar registro: nada de rodeos, pero tampoco insultos ni amenazas vacías que después no vas a poder sostener. Lo que funciona es nombrar la situación tal cual es, recordar los intentos previos y plantear una consecuencia concreta y realista. Estos tres modelos están pensados para clientes que ya acumulan demora y silencio. Usalos cuando el tono amable ya se agotó, pero antes de escalar a una instancia legal. Completá los datos entre corchetes y enviá.
Reemplazá los datos entre [corchetes] por los de tu cliente y tu factura.
Con un cliente moroso, la claridad pesa más que la simpatía. Nombrar la cantidad de contactos previos y los días de mora deja registro escrito de tu reclamo, algo clave si más adelante necesitás escalar. Plantear una consecuencia concreta —derivar a gestión, cerrar la cuenta corriente— funciona solo si es realista y estás dispuesto a cumplirla; las amenazas vacías te restan autoridad. Al mismo tiempo, ofrecer un acuerdo de pago le da una salida al cliente que de verdad no puede pagar todo junto. La combinación de firmeza y una puerta abierta es lo que más deudas destraba en esta etapa.
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