Cobrarle a un cliente de años tiene un riesgo extra: la deuda es importante, pero la relación también. Un reclamo brusco puede recuperar una factura y, al mismo tiempo, hacerte perder a alguien que te compra todos los meses. La buena noticia es que con un cliente frecuente jugás con ventaja: hay confianza, historia y un vínculo que vale la pena cuidar. El mensaje ideal apela a esa relación, asume la buena fe y trata el tema como algo a resolver entre dos partes que se conocen. Estos tres modelos están pensados para clientes habituales y de largo plazo. Usalos para cobrar lo que te corresponde sin enfriar un vínculo que te conviene mantener.
Reemplazá los datos entre [corchetes] por los de tu cliente y tu factura.
Con un cliente habitual, el mejor argumento de cobranza es la propia relación. Mencionar la historia compartida y el deseo de seguir trabajando juntos le recuerda al cliente que tiene algo valioso que cuidar, y eso pesa más que cualquier presión. Asumir la buena fe —no es lo habitual en vos— le da una salida digna y evita que se sienta tratado como un moroso cualquiera. Preguntar si pasó algo abre la puerta a detectar un problema real y resolverlo antes de que escale. Y ofrecer un plan de pago flexible muestra que valorás el vínculo por encima de una factura puntual. Así cobrás y conservás al cliente.
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